Alteridad

nohely“…la única posibilidad de resistir el horror que estamos viviendo es que logremos reconocer con ojos bien abiertos las nuevas formas de transformación revolucionaria que se están dando entre nosotros” (Gustavo Esteva, 2015)

La mayoría de los análisis y debates sobre conflictos ambientales se han centrado desde siempre –y con toda justificación- sobre las áreas rurales, campesinas, territorios indígenas, reservas naturales, y áreas protegidas (Terán, 2014). Sin embargo, en este proceso se ha dejado de lado el necesario reconocimiento de la “transterritorialidad del extractivismo” como un proceso multidimensional fuertemente presente en las ciudades (Ibíd).

Las áreas urbanas reproducen, son y suponen en sí mismas la profundización y la “masificación de modos de vida sostenidos en el consumo de recursos naturales”, sean éstos de energía, agua, combustibles, u otros, conformando y expandiendo constantemente un enclave urbano que propulsa directa e indirectamente la expansión de las “zonas de sacrificio” que sostienen el “desarrollo” y su insostenible ritmo (Ibíd).

El capitalismo, brutal y perverso, despoja y destruye las posibilidades de producción y reproducción de la vida humana y no humana, y ha generado un escenario en el que algunxs aparecen como “sobrantes”, pero que más bien estorban, en tanto obstaculizan y ponen en crisis las condiciones que el capitalismo como sistema, requiere para su reproducción.

Así, el capitalismo se ha empeñado en impedir y asfixiar todas las formas de autosuficiencia (un ejemplo de ello es la historia de los pueblos indígenas), y es precisamente ese el aspecto que hace de pista y da las coordenadas de una de sus principales debilidades: la creación y ampliación de espacios autónomos que no caen en la mercantilización de lo vital, y cada vez más superan las dicotomías para construir complementariedades. Se trata de tejidos sociales que son medio y fin para defenderse y enfrentar los despojos, tanto simbólicos como materiales, y tanto personales como colectivos. Son estas grietas que abiertas -o por abrir- permiten pensar y hacer emancipaciones, que conviviendo con el capitalismo, lo erosionan.

Los ritmos de la coyuntura actual, están dando surgimiento a una problematización y puesta en crisis de los significados y las facultades de vivir en este mundo; un mundo completamente degradado y desértico que dificulta cada vez más la hazaña de mantenerse en pie y erguidxs frente y en él.

De igual manera, las gramáticas y retóricas oficiales atraviesan permanentemente dicho proceso, y cada vez más se desplazan velozmente hacia aquello de la cotidianidad y del día a día, que como estrategias de micropolítica, a espaldas y por fuera de las instituciones ciegas y sordas, transfiguran y gestan nuevas y potentes formas políticas (Reguillo, 2011).

Actualmente, es ahí, donde la economía y la política formal han tropezado, en donde se fortalecen y germinan los sentidos de pertenencia colectivos; donde confluye una amplia diversidad de sujetos interesadxs y comprometidxs en desarrollar capacidades y recursos que favorezcan el logro de la transformación de sí mismxs y de su entorno a uno más justo y equitativo.

Estas configuraciones de nuevxs sujetos y actorxs políticos trabajan en la construcción de una palabra colectiva que se pronuncia desde la significación compartida de la vivencia de un mundo incierto –que al desechar nos desecha-, y tiene como finalidad última la construcción de una nueva gramática que sí lxs represente, que lxs permita leerse a sí mismxs, y pensar un futuro con ellxs.

Al mismo tiempo, estas subjetividades están rompiendo victimismos. Ahí, no se piensa más que el “mal” proviene solamente del otro. No se clama la vuelta a la “normalidad”, se envenena el statu quo, y no se huye de las crisis, todo lo contrario, porque se sabe que en ellas se crean nuevos mundos. Ahí, la fuerza de transformación proviene de las debilidades, es aprehendida en primera persona, y se encarna desde las perdidas y malestares como motor de oportunidades. Para esto, los requisitos son otros, y el principal es ingeniar qué hacer con el no saber, y poner en marcha el desentumecimiento de esa parálisis inducida.

De esta manera, se hace cada vez más evidente el rechazo a la aceptación sumisa y acrítica de la realidad. Estas personas, agrupaciones, colectivos, comunidades, y espacios de tejido social en general, están gestando conciencias que interpelan la urgencia de conectar lo desconectado y aquello que aparece como inconexo, tal como lo es la lucha contra el extractivismo y la lucha por el derecho a la ciudad, y las maneras en que ambas componen un cuadro de despojo, miseria, y una acumulación a costa de la desposesión de la vida.

No obstante, es importante reconocer que nosotrxs, en tanto pequeños engranajes de este sistema mundial, no estamos fuera. De formas muy distintas y particulares, todxs padecemos los terribles impactos de este sistema que contradictoriamente reproducimos y engordamos todo el tiempo; ese sistema que se ha inscrito en nuestras subjetividades y cuerpos, que nos marca, moldea y delimita.

Ahora no, ya nadie puede negarlo. El sistema se está cayendo, pero no allá lejos en las áreas rurales, en otros países, o en el barrio siguiente. Se está cayendo sobre nosotrxs, aquí y ahora. Habrá que ver qué podemos hacer esquivar y no quedar aplastadxs ni atrapadxs entre sus escombros.

Se trata, entonces, de hacer consciente la escena, el papel y el guión que se nos ha entregado como actorxs en la sociedad, y que muchas veces sin cuestionar, hemos adoptado con comodidad. Todo esto puede sonar muy utópico, pero estoy convencida de que es justamente en esas utopías en donde se encuentran las posibilidades de construcción de otro mundo.

Quizá ahora no haya un reto más importante y urgente que el desafiar las premisas con las que nos gobernamos. Por esto, y para concluir, traigo una propuesta un tanto osada: cultivemos el dolor y el malestar que todo esto nos provoca. Cultivémoslo, en vez de esconderlo o anestesiarlo, por que como decía Ivan Illich “matar el dolor nos convierte en espectadores insensibles de nuestra propia decadencia”.

Nohely Guzmán N.

Fuente: Sena

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