El Mensaje que no quería escuchar
Leo el mensaje de mis Obispos con ocasión de su 102ª Asamblea plenaria. Y salgo al patio de mi casa en este día ceniciento, con un sol que no calienta a nadie, y vuelvo a leer el mensaje. Me parecen idénticos. El país está incendiado por las cuatro esquinas, las marchas estudiantiles son el amargo pero digno pan de cada día. Se pide, se clama, se grita, se exige un cambio en todo el sistema de enseñanza que mejore la calidad de la educación, que el Estado no abandone al libre mercado la formación de las generaciones que llegan a sentarse a la mesa nacional, que apueste por una meta con rostro humano y no meramente comercial, empresarial o neoliberal. Y mis pastores entregan un Mensaje aguado, contemporizador, endeble, que titulan: “Una la iglesia y un país que aprenden de su caminar”
No han aprendido nada.
Los rugidos y los ronrroneos
Entonces se me viene a los memoriales la voz segura de los obipos que teníamos antes, cuando el gobierno socialista de Salvador Allende presentó su informe acerca de la Escuela Nacional Unificada. También en esa ocasión salieron los estudiantes a las calles (azuzados por los empresarios de la educación, religiosos o no) para organizar farándulas de protesta. Y hablaron los obispos:
- “Se da por establecido que el país acepta en forma mayoritaria un planteamiento que se declara socialista, humanista, pluralista y revolucionario, en circunstancias de que una parte considerable del país se manifuesya en desacuerdo” (Declaración del Comité permanente del Episcopado, 27 de marzo de 1973).
-” Declaramos claramente que nos oponemos al fondo del proyecto por su contenido que no respeta valores humanos y cristianos fundamentales” (Declaración de la Asamblea Plenaria del Episcopado, 11 de abril de 1973).
El cardenal Silva Henríquez se entrevistó con el presidente Allende y el Proyecto de la Escuela Nacional Unificada (ENU) se guardó para otros tiempos que nunca llegaron. Cuando hay líderes, se nota.
Hoy día los pastores hubieran podido decir:
“Nos oponemos claramente a un sistema que margina porque es clasista, porque se basa en el lucro, porque es parte del sistema que busca perpetuar y agudizar el perverso bache social en Chile…”
No lo dijeron. Qué lástima. Pero también qué inquietud interna y desazón me provoca por no sentirnos orientados con estas actitudes paniaguadas. Creo que cuando hay una bifurcación de caminos -como actualmente en la encrucijada de la educación en el país- hay que optar por uno de los senderos. No es posible optar por las dos posibilidades. Es ilógico.
El movimiento estudiantil no existe
Decir, como dicen en su Mensaje, que: “Hemos sido testigos, y muchos católicos directos protagonistas, de un proceso de formulación de justas y postergadas demandas para mejorar la calidad de la educación y asegurar su acceso a todos los niños y jóvenes” es decir muy poco y muy bajito, cuando a los chiquillos se les está pegando palos en las calles, se les imponen condiciones para el diálogo con el gobierno, se les criminaliza queriendo confundirlos con la delincuencia.
No hay reconocimiento del movimiento estudiantil y tampoco ni una sola palabra para sostener sus signos de esperanza: son los jóvenes los que han puesto el tema en el tapete nacional.
No se condena el violento accionar del lumpen. No se exige al Estado atender a ese sector tan vulnerable. Pareciera que hay resignación ante la violenta explosión social. No se cree que todos los participantes del proceso educativo son sujetos en la construcción colectiva de conocimiento, como lo señalara Paulo Freire, uno de los gurús de la educación latinoamericana hace una pila de años.
Dicen los obispos:
“Confiamos en que la disposición al diálogo de parte de quienes representan a las instituciones políticas, educacionales y sociales de nuestro país, así como de los mismos estudiantes, hará posible los acuerdos necesarios para que éstas, así como otras legítimas expresiones ciudadanas por medios pacíficos, se traduzcan en políticas que favorezcan el bien común de la sociedad, y especialmente resguarden a los más desfavorecidos y vulnerables”.
Escúchanos, Señor, te rogamos.
El catalejo de Pepe









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